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Felicidad; ¿cuestión de altura?
por Marcelo Augusto Pérez
 
 

 

La ALTURA de la FELICIDAD

“La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí.” Jorge Luis Borges

 

Como todo lo que atañe al sujeto el concepto de Felicidad es cultural. Sin embargo los tiempos que corren, ciencia mediante, traen noticias de altura: parece ser que se ha descubierto que las personas de estatura más alta son las más felices. La etiología de la novedad surge, como siempre en estos casos, a partir de estadísticas; es decir, a partir de lo que en psicología tan bien encaja: lo que le sucede a muchos, lo que está bajo la campana de Gauss, eso es casi axiomático; hace ley o –al menos- probabilidad científica.

Muchas veces los científicos olvidan que una de las características con las que podemos definir a una ciencia es la contrastabilidad, es decir: la experiencia de falsedad, de rescate o no de las hipótesis. Lacan, en ese sentido, definía al psicoanálisis como una praxis ( de la charlatanería ) y aclaraba que no podía ser ciencia porque es irrefutable. Es decir: un fallido, bajo transferencia analítica, no es un error: el sujeto lo pronunció; no se puede refutar.

Leer que la felicidad está en la probabilidad de los “más altos” no sólo puede llevarnos a un sentimiento naif de la ciencia y a pensar como se la banaliza; sino que, me parece y ante todo, raya con esas otras teorías que aportan manuales de felicidad por doquier: sabemos que si los laboratorios pudiesen vender la droga-de-la-felicidad (y el famoso woodyallesco Prozac tuvo ese mote) se agotaría en segundos… ¿quién no desearía que se garantice esa búsqueda infinita?

Para algunos la idea de felicidad nace con Tales de Mileto. Demócrito, de modo más o menos análogo, definió la felicidad como « la medida del placer y la proporción de la vida », o sea como el mantenerse alejado de todo defecto y de todo exceso ( Fragmentos, 191, Diels). De cualquier modo, felicidad e infelicidad pertenecen al alma ( Fragmentos, 170, Diels), ya que sólo el alma « es la morada de nuestro destino » ( Fragmentos, 171, Diels). El antiguo Hegugesias negó la posibilidad de la felicidad precisamente por el hecho de que los placeres son muy raros y efímeros. Platón negó que la felicidad consistiera en el placer y, en cambio, la consideró relacionada con la virtud. Ya sea como virtud, como inteligencia (Plotino), como placer (Locke), o como altruismo (Russell), el concepto ha tenido virajes importantes. Kant, más cerca de Freud, declaró la imposibilidad de la realización de la felicidad ( Crítica del Juicio, § 83) ya que la satisfacción total es utópica.

Ya S.Freud ( El malestar de la cultura; v. 21 ) había declarado: “¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla.” Y también J.Lacan ( Sem. 7, clase 22: La demanda de felicidad y la promesa analítica, 22-06-60) nos comenta: “ He ahí, entonces, lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra, en suma, en posición de responder a quien le demanda la felicidad. Demandarle la felicidad; él no puede olvidar que esto, ancestralmente, para el hombre, plantea la cuestión del soberano bien y que él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No sólo lo que se le demanda, el soberano bien, él seguramente no lo tiene, sino que sabe que no lo hay; porque ninguna otra cosa es haber llevado a su término un análisis sino haber asido, reencontrado, haber chocado rudamente con ese límite que es donde se plantea toda la problemática del deseo .”

A Freud no se le escapa esta problemática (que tanta alusión hace no sólo en El Malestar… sino también en El Porvenir de una Ilusión) y a finales del siglo XIX propone una definición categórica y puntual, en una Carta a Fliess (Cartas a Wilhelm Fliess; Manuscritos y Notas 1887-1902; Carta 82. 16-1-98.), cito: “...Toda clase de minucias pululan por aquí; los sueños y la histeria se ajustan cada vez más limpiamente. (…)Hay que tomar las cosas como vienen y estar contento de que vengan. Te incluyo en ésta mi definición de la «felicidad» (¿o ya te la conté hace tiempo?). La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico . He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia.” Definición que podríamos anexar a esta otra (Id. Op.Cit.; CARTA 107, 28-5-1899) : “Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil .” (Las negritas son mías).

Tenemos pues que el sentimiento de felicidad parece albergar algo en el orden de lo originario; de lo histórico, del re-encuentro. Genialmente, el maestro alemán nos regala esa definición mucho tiempo antes que escribiese Tres Ensayos… , donde ya nos vaticina que todo encuentro con el objeto es propiamente un re-encuentro. Por eso leemos en Lacan ( Sem.7, clase 1, 18.11.59 ): “Seguramente Freud no duda —no más que Aristóteles— que lo que el hombre busca, lo que es su fin, es la felicidad. Cosa curiosa, la felicidad (bonheur) en casi todas las lenguas, se presenta en términos de reencuentro Týkhê; hay allí alguna divinidad favorable. Felicidad es también para nosotros "augurio", es también un buen presagio y también un buen reencuentro, pues hay un sentido objetivo, en augurio.”

El mismo Lacan –jugando siempre con la provocación y la genialidad- dirá –sin embargo- que el sujeto es siempre feliz … Definición tan aparentemente contradictoria, tan aparentemente antifreudiana, merece una explicación inmediata que es, por otro lado, todo el quid de la cuestión: a nivel pulsional, lo que conocemos como goce, hay siempre satisfacción… la pulsión, en su recorrido, siempre se satisface; pero el deseo (ah! y ahí está todo el problemita) por definición quedará insatisfecho: la histérica, que lo descubre y lo padece con su sintomatología, no hace más que decirlo a gritos. El obsesivo, con su deseo impotente, o el fóbico, con su deseo prevenido; no hacen más que cerrar el circulo neurótico que hacen a la propia insatisfacción de la estructura. ¿Por qué? Simplemente, volviendo a Freud –nunca nos fuimos, claro-, porque la hiancia existente desde el origen es el agujero por donde el deseo motoriza su demanda. Simplemente porque, Lacan dixit , el único feliz es el FALO; el significante del goce que hace que la Relación Sexual no exista ya que –lejos de complementaridad alguna- el suplemento faltante está perdido desde el origen. Esa pérdida Lacan la ha bautizado con una pequeña letra: a. Esa letra, parafraseando a Borges, no necesita artilugios, no requiere máscaras de belleza: es, por definición, bella-en-sí . Ese brillo fálico deslumbra al humus desde siempre. Se mezcla, claro, con lo sociológico; eso que hoy incluso podríamos nombrar como lo “político”. Cito a Lacan ( L a dirección de la cura y los principios de su poder; Parte 4; Escritos-2 ): “ Parecería que el psicoanalista, tan sólo para ayudar al sujeto, debería estar a salvo de esa patología, la cual no se inserta, como se ve, en nada menos que en una ley de hierro. Es por eso justamente por lo que suele imaginarse que el psicoanalista debería ser un hombre feliz. ¿No es además la felicidad lo que vienen a pedirle, y cómo podría darla si no la tuviese un poco?, dice el sentido común. Es un hecho que no nos negamos a prometer la felicidad, en una época en que la cuestión de su medida se ha complicado: en primer término porque la felicidad, como dijo Saint-Just, se ha convertido en un factor de la política.

El concepto de felicidad es cultural, claro; y el sentimiento es fantasmático; cultura mediante. El fantasma es el responsable de que el sujeto no sólo perciba lo corriente (oiga, vea, palpe, etc.) sino que también sienta, -e incluso alucine- lo que parece infrecuente. El psicoanálisis descubre, entonces, que si ese Soberano Bien nos es prometido; su probabilidad no depende de medidas geométricas, de estaturas o de color de piel. Estamos, en este punto banal, otra vez en la ruta de siempre: camino que nos puede llevar a creer que los sujetos de ojos claros son más buenos; los de pelo corto son peores deportistas y los diabéticos son buenos amantes. Todos significantes; toda una axiología al servicio del factor político. Y los petisos moriremos en el intento…

 

Marcelo A. Pérez , psicoanalista

Texto publicado en Página/12, 27-11-2008

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/index-2008-11-27.html